Un punto de vista distinto sobre el zapatazo a Bush

Esto es lo que ayer  publicó Arcadi Espada en EL MUNDO.

Periodismo descalzo

La mamarrachada del periodista iraquí que tiró sus zapatos al presidente Bush ha desencadenado una alegría prácticamente general. Una alegría similar a la de los disturbios griegos, que como tantas otras veces es inversamente proporcional a la distancia de los alegres, y de su hacienda, respecto al lugar de los hechos. Porque un zapatazo en plena cara, como efecto colateral de los probados reflejos del presidente Bush, tornaría ipso facto el alegrón en justa ira razonada. El fallido zapatazo ha puesto a prueba una vez más la milagrosa capacidad retórica de la sinécdoque («Irak despide a Bush a zapatazos»); ha permitido que los occidentales reciban una nueva lección de orientalismo kitsch (”No hay peor agravio para un árabe que tirarle los zapatos”, han dicho las crónicas como si Bush fuera árabe) y en la boca supremamente inmoral de los más apasionados se ha celebrado la emergencia (¡al fin, tras decenas de miles de muertos!) del héroe que va a simbolizar el rechazo a Bush, a la invasión y a la matanza.

En la habitual orgía hipócrita no se ha oído una sola palabra, como es natural, acerca de la razón principal por la que el incidente pudo producirse. O sea, sobre el oficio del ofensor. Muntazer al-Zaidi le tiró sus zapatos a Bush porque llegó a colocarse a pocos metros de él, y el acceso a esa distancia, tan confianzuda y campechana, se lo dio su oficio de periodista. Hasta tal punto la agresión se produjo cuando al-Zaidi ejercía sus funciones periodistícas, y hasta tal punto es inexplicable sin ellas, que espero que Reporteros sin Fronteras intervenga de inmediato en su defensa, porque no hay duda de que se trató de un incidente en acto de servicio. De un incidente y de una traición, por supuesto.

En mis treinta años de oficio yo no habría salido de la cárcel de haberme comportado con el mismo lujo desinhibido que mi colega. No me faltaron (ni me faltan) ganas. Pero, obviamente, el periodista que en una rueda de prensa se instala ante mentirosos, corruptos o asesinos no debe quitarse los zapatos. Está ahí gracias a un acuerdo entre los ciudadanos y el poder y su actuación debe atenerse escrupulosamente a las cláusulas. Cuando un periodista muere en un campo de batalla no se lamenta la muerte del combatiente. Se lamenta la de un hombre que estaba ahí para contarlo. De ahí que los periodistas reclamen legítimamente su invulnerabilidad en la batalla, porque en el fondo se trata de la invulnerabilidad de la democracia.

La otra tarde Muntazer al-Zaidi no hizo otra cosa que quebrar un sagrado principio de su oficio: la imposibilidad de convertirse en noticia. Y por cierto: construyéndola él mismo con su propia acción calculada. Despreciando el fact (hecho) y abrazando su corrupción, el factoide: un hecho que sólo existe si se exhibe.

(Coda: «Pero qué coraje, en verdad.» Hugo Chávez, sobre el gesto de Muntazer al-Zaidi. Reuters, 16 de diciembre)

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