La cacería

 

Nuestra intelectualidad “abajofirmante” , ha hecho mutis por el foro y ha mirado para otro sitio con tal de no tener que escribir sobre los cazadores de la justicia. Es muy propio de ellos. Ya me gustaría haber oido ( o leído) a Grandes , Millás o Torres si el ministro hubiese sido del PP. En fin, ya sabemos que para algunos las cosas no se enjuician o valoran en función de lo que dicen o lo que son en sí mismas , sino de quien las dice o quien las hace. Aunque tenemos algunas excepciones. Dejo aquí  dos de ellas.

Arcadi Espada

En Sierra Mágina, cerca de Arroyovil

 El ministro Bermejo acusa al Partido Popular de interpretar en clave de Berlanga (La escopeta nacional) su cacería con el juez Garzón. Podría estarles agradecido. Mucho peor habría sido interpretarlo en clave de Saura. En el año 1965 se estrenó La caza, con el fenomenal Luis Cuadrado al blanco y negro, y los fenomenales Prada, Merlo, Mayo y Gutiérrez Caba al cañón de la escopeta. En aquella película tremenda las metáforas están aún en carne viva, muy lejos de la inexorable edulcoración de la desopilante farsa berlanguiana. «La mejor caza es la caza del hombre», creo recordar que sentencia Mayo. Y así describe Eduardo Robredo en su blog de cine político otro momento cumbre de la película: «En una cueva sellada con una vieja portezuela, Juan descubre a Luis un «muerto de la guerra»; evidente símbolo del encierro de la memoria (de los vencidos) y del desprecio por su recuerdo («¡Que quemen esa cueva!»). La cacería es un territorio simbólico muy exuberante, asociado frecuentemente con la testosterona y, por extensión, con el poder. Al fin y al cabo, el correlato de las imágenes de Bermejo y Garzón cazando es aquella otra imagen liminar de las ministras, echadas sobre las pieles en el sofá que Vogue plantó en La Moncloa. En cuanto al paisaje concreto de la cacería de Jaén la simbología no deja de crecer. El ministro y el juez cazaron en un lieu de mémoire marcadamente franquista: en la hermosa Sierra Mágina, a dos pasos de la finca de Arroyovil donde el Generalísimo solía pasar las noches del fin de año tras desmochar algunos cornudos durante el día.
Pero, naturalmente, esas analogías cinematográficas, deportivas o paisajísticas son marginales. Caso distinto es el de la chulería, muy definitoria de los subsecretarios de la época. Y caso distinto es, definitivamente, el desdén por las formas y la marca de impunidad. La cuestión principal no es si el ministro y el juez hablaron de los ciervos o del Partido Popular, ni cualquier otro proceso de intenciones asociado. La cuestión es algo más profunda y algo más cínica. Los ciudadanos saben perfectamente lo que hace el poder de espaldas y a oscuras. Pero la exhibición frontal y a la luz del día de su conducta es una afrenta perfectamente impropia de cualquier régimen democrático. Aunque comprendería que les cueste entenderlo a estos dos cazadores. Se trata de ese tipo de hombres, caracterizados por la arrogancia y la superioridad moral, a los que no detiene Plutarco: «Somos tan honrados que ni nos molestamos en aparentarlo.»

Rosa Montero

Desaliento

Hace una semana terminó la temporada de caza con galgo y empezaron las matanzas habituales, los bosques espectrales adornados con el fruto atroz de los perros ahorcados. A veces me entra un desaliento abrumador, un cansancio infinito de ser de este país. De una sociedad bruta e incivil sin tradición en el respeto a los seres vivos. Miren por ejemplo lo que sucede en el Metro de Madrid: El Refugio ha denunciado que los perros utilizados en la seguridad son duramente maltratados. Y lo peor es que muchos maltratadores ni siquiera creen serlo porque no perciben el sufrimiento del animal: así de primitivos y de crueles son. Ese mismo sustrato de insensibilidad hace que el PSOE incumpla descaradamente una promesa electoral sin que pase nada. Porque se comprometieron a elaborar una ley marco de protección animal, pero el Gobierno acaba de declarar que no la hará y que las competencias son de las autonomías (se han presentado 1.300.000 firmas en pro de la ley, pero se ve que les importa un pito).

Sí, es un desconsuelo ser de un país en el que los jueces y los ministros se van de cacería y se hacen petulantes fotos de matarifes. No hablo ya de las repercusiones políticas del encuentro, ni del problema que supondría aceptar, teniendo un cargo público, el supuesto regalo (de muchos miles de euros) de una montería, como decía el sábado un lector en una carta magnífica. Hablo simplemente del mal gusto social, del mal gusto moral, del mal ejemplo de esos prohombres de la patria rodeados de cadáveres (tremenda la foto de Garzón entre decenas de mansos ciervos alineados como los muertos de una masacre anónima); de unos tipos exultantes de sangre y abrazados con ufanía a la escopeta. Ésos no son los dirigentes que yo deseo para España. Pero ya ven, es que el país es así. Por desgracia, todo concuerda.
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