Urnas y corrupción

Artículo  en LAS PROVINCIAS de nuestro compañero de UPyD  Fernando Jiménez Sánchez.
FERNANDO JIMÉNEZ SÁNCHEZ
| PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA UNIVERSIDAD DE MURCIA Y MIEMBRO DE TRANSPARENCIA INTERNACIONAL
Los resultados de las recientes elecciones europeas del pasado 7 de junio han vuelto a abrir la discusión pública sobre la presunta tolerancia (o incluso connivencia) de los votantes españoles hacia la corrupción. En efecto, los excelentes resultados alcanzados por el Partido Popular en aquellas comunidades autónomas -Madrid y Valencia-directamente afectadas por el ‘caso Gürtel’ o en otras zonas como Murcia, en las que hay abiertos numerosos procesos judiciales por presunta corrupción municipal, han llevado a algunos comentaristas a lamentar la escasa exigencia cívica de tales votantes y a otros, por el contrario, a alabar la agudeza con la que estos mismos votantes han evitado caer en un juego de sospechas generado por una conspiración entre el Gobierno de la Nación y determinados jueces y fiscales.
Me temo que no es necesario recurrir a teorías tan extremas -y opuestas- para entender lo ocurrido. Pese al romanticismo que seguramente todavía despierta entre nosotros aquella vieja campaña turística del ‘Spain is different’, no hay nada demasiado peculiar en el comportamiento electoral de los españoles con respecto a la corrupción. Ni siquiera somos el único país en el que ante resultados como los del 7 de junio, o los de las municipales de 2007, se escuchan graves sentencias moralizantes que deploran el escaso compromiso cívico de los votantes y su escasa disposición a castigar la corrupción. Lo mismo suele escucharse con cierta frecuencia en países tan dispares como Irlanda, Grecia, México o Japón. Pero, si no es falta de civismo, ¿qué puede estar ocurriendo? ¿Por qué determinados candidatos o partidos afectados por escándalos de corrupción ganan elecciones con tanta frecuencia?
Hace unos años realicé un estudio en colaboración con Miguel Caínzos para la Revista Española de Ciencia Política. En ese trabajo revisábamos todos los estudios existentes hasta la fecha (2004) en los que se hubiese intentando aislar el impacto de los escándalos de corrupción sobre el voto. Reunimos investigaciones muy variopintas que se referían a muchos tipos distintos de elecciones y cubrían países como Estados Unidos, Gran Bretaña, México, Japón, Francia, Grecia o España. Pese a toda esta variedad, los resultados a los que llegaban todos los investigadores eran extraordinariamente coincidentes: los escándalos tienen un cierto impacto no despreciable sobre el voto, pero no suele ser demasiado pronunciado y en numerosas ocasiones no da lugar a la derrota electoral del candidato o partido afectado.
La razón de esta notable coincidencia empírica es consecuencia directa de las limitaciones que presenta el mecanismo electoral para castigar a los corruptos. En otras palabras, el hecho de que la difusión de sospechas sobre la corrupción de algunos representantes no ocasione con mucha frecuencia una tajante derrota electoral del candidato afectado, no se debería tanto -o al menos exclusivamente- a la gradación de pautas de civismo político como, seguramente, a la incidencia de toda otra serie de factores que tienen que ver con la complejidad de la decisión electoral. Es este conjunto de factores diversos el que condiciona la valoración que el votante hace de los escándalos y su decisión final sobre el voto.
De acuerdo con el trabajo citado, para que un escándalo tenga algún efecto sobre la decisión de voto de un elector es necesario que concurran al menos seis condiciones: que el votante tenga información sobre los hechos y les preste atención (‘conocimiento’); que tales hechos le produzcan descontento o rechazo (‘evaluación negativa’); que pueda achacar la responsabilidad por tales hechos a alguno de los partidos o candidatos que compiten en la elección (‘atribución de responsabilidad’); que la corrupción sea un problema relevante para el votante comparada con otros temas de preocupación pública (atribución de ‘relevancia’); que el elector esté dispuesto a votar por un candidato de la oposición o, al menos, que no le preocupe demasiado una victoria de tal candidato (visualización de una ‘alternativa’); por último, que no se produzca ninguna inconsistencia entre estas orientaciones previas y el comportamiento efectivo del votante en el momento de depositar su voto (‘consistencia’ entre actitudes y comportamiento).
Como es evidente, no todas estas condiciones concurren en todos los casos, para todos los votantes, ante todo tipo de escándalos de corrupción y en todo tipo de elecciones. El efecto final sobre el resultado electoral que pueda tener un determinado escándalo dependerá de cómo se distribuyan estas condiciones entre todo el conjunto de electores. En definitiva, está claro que el voto no es el mecanismo más eficaz para luchar contra la corrupción y esto no se debe a ningún defecto de los ciudadanos. Pero esto no nos debería llevar a restar importancia política a la corrupción, sino todo lo contrario. Máxime en un país como el nuestro con su difícil historia política y con una cultura política mayoritaria extraordinariamente recelosa de los políticos y los partidos. La única forma de aumentar la confianza de los ciudadanos en el sistema político y en sus principales operadores es a través de la puesta en marcha de mecanismos eficientes de control de la corrupción. Mirar para otro lado ante la corrupción sólo llevará a incrementar el cinismo de los ciudadanos y, por tanto, a una deslegitimación creciente de la democracia entre nosotros. No deberíamos seguir por ese camino.

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3 comments so far

  1. Trinidad on

    Los españoles sentimos que la corrupción nos rodea, que la política y la administración (como la economía y la propia sociedad) están corrompidas hasta la médula; pero vivimos desconcertados sin lograr asumir lo que está pasando. No se entiende que esto suceda en una democracia con Parlamento vigilante, prensa libre y jueces independientes. Es hora de que el ciudadano empiece a percatarse de que, si bien es verdad que un régimen democrático cuenta con mecanismos de auto defensa, también es portador de elementos corrumpentes empezando por los partidos y los sindicatos, que se mueven con soltura en una sociedad tolerante con las prácticas más perversas. El oficio público se ha vuelto sospechoso y el Estado aparece como un instrumento de depredación en provecho de una casta. No se pretende relatar una vez más los casos que cada día ruedan en los periódicos y juzgados sino desentrañar los hilos que mueven este gigantesco y cotidiano negocio de desviar los poderes públicos en beneficio privado ¿Quiénes están abusando de la democracia? ¿Quiénes son sus cómplices y encubridores? ¿Cómo se las arreglan para que no funcionen los mecanismos de prevención y represión? ¿Cómo operan? ¿A qué manos van a parar los dineros extorsionados?

  2. Juan Ricardo Mussa on

    En Argentina tenemos la peor clase política que cualquiera se pueda imaginar. El gobierno de los KIRCHNER es un desastre, pero no es un gobierno peronista, ya que ninguno de ellos sigue las banderas del Perón. Elogian a Evita y a Cámpora y sólo se acuierdan de Perón a la época de las elecciones. Pero olvidan que Evita era PERONISTA. Y los demás políticos, los de la OPOSICIÓN son unos farsantes: Ricardo ALFONSIN (radical), Elisa CARRIO (radical), Ricardo LOPEZ MURPHY (radical), Fernando DE LA RUA (radical), Alfonso PRAT GAY, Ricardo GIL LAVEDRA (radical), Francisco DE NARVAEZ (traficante), Mauricio MACRI (mafioso), Daniel SCIOLI (ex menemista), Julio PIUMATO (ex menemista), Eduardo DUHALDE (traficante) y muchos más.
    Todos se olvidaron del pueblo y por encima de la PANDEMIA DE GRIPE A pusieron sus intereses y ambiciones personales. La declaración de emergencia sanitaria se hizo después de las elecciones. Todos ellos trataron de ocultarla para satisfacer sus propias ambiciones, olvidándose de la salud del pueblo argentino. Y Ricardo ALFONSIN, que reapareción tras la muerte de su padre (como beneficiado con esa muerte), es un caradura que se pone a hablar de economía olvidando que su padre -radical. no terminó su mandato y se escapó dejando al país con la mayor HIPERINFLACION que recuerda la historia argentina. Y el otro gobierno radical fue el de Fernando de la Rúa que también renunció luego de confiscar los ahorros bancarios con el famoso CORRALITO. Años atrás el pueblo gritaba: “que se vayan todos”. Ninguno se fue y ahora fueron reelegidos sin superar el 30% de los votos. Todos son reincidentes, con el agravante de que le hicieron un daño grave al pueblo argentino.

  3. Juan Carlos Vazquez on

    Hola buenas tardes, soy un compañero de UPyD de Valencia, estamos intentando contactar con Fernando Jimenez Sánchez, referente a una mesa redonda que deseamos formar para hablar sobre Urnas y Corrupción. Veo que eres amigo de él, eres tan amable de ponernos en contacto. Saludos.


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